LA CIÉNAGA DE ERASMO

Publicado el 22. jul, 2010 en Opinión

Por Joan Queralt

CRISIS FINANCIERA Y DIFUSIÓN DEL MÉTODO MAFIOSO

“La política se hace en las alcantarillas”, le confesaba Macià Alavedra, durante años ex alto cargo de la Generalitat de Catalunya, a Lluis Prenafeta, otro colega del mundo de los negocios de la política, en una conversación telefónica de abril de 2009. Meses más tarde, refiriéndose a la crisis financiera mundial, Joseph E. Stiglitz, economista y Premio Nobel, hablaba de fechorías del sector financiero. Definiciones y episodios independientes, sin relación aparente, si no fuera porque una y otra se dan cita y otorgan sentido a la frase del escritor calabrés Corrado Alvaro: “La peor desesperación de una sociedad es la duda de si vivir honestamente resulta inútil”.
El método mafioso se ha universalizado. Ha entrado a formar parte de las prácticas del mundo de la política, de las finanzas, de las grandes corporaciones, provocando efectos devastadores tanto para la libertad de los mercados como para el sistema democrático de muchos países.
Hoy, cuando la corrupción de las alcantarillas a que hacía referencia Macià Alavedra tiende a convertirse en la misma arma del poder político y económico, y de la criminalidad organizada, asistimos impasibles a la convergencia de las actividades lícitas, ilícitas y criminales que empobrecen a millones de ciudadanos y países enteros, socavan la estabilidad política, social y económica, amenaza la seguridad y el futuro de las naciones, y disminuye la confianza de los ciudadanos en los sistemas que gobiernan nuestras vidas.
Un proceso, no lo olvidemos, cuya exitosa expansión ha tenido lugar en un período marcado por el triunfo de la ideología de la acumulación y en el que el Estado, aquél que definía los ámbitos de legalidad y el propio concepto de criminalidad, no es más el centro del universo político.
Que en una situación mundial de extrema gravedad en lo económico y social, cuando gobiernos y administraciones públicas se ven obligados a poner en marcha y articular todos los mecanismos de ajustes, racionalización y recuperación de los recursos económicos generales, ni un solo dirigente político, en ningún país, haya apuntado la necesidad de afrontar el problema de la criminalidad económica, la criminalidad organizada y el delicado asunto de la corrupción, es, por inexplicable, altamente significativa. Supone no sólo el síntoma más evidente de la escasa atención que estos gravísimos fenómenos contemporáneos, por otra parte presentes directa e indirectamente en el carácter y el origen de la crisis, siguen mereciendo tanto a la opinión pública como a las autoridades, sino, esencialmente, la impotencia definitiva de la política.
Por supuesto, resulta mucho más fácil apelar a las viejas y políticamente correctas fórmulas de nuestro actual sistema: reformas laborales, disminución de los gastos sociales, despidos más baratos…
Un olvido que entra en lo delictivo si se tienen en cuenta las cifras: en los úitimos diez años, a nivel mundial, la estimación de los puestos de trabajo perdidos a causa de la falsificación de bienes y productos –que representa el 6% del comercio mundial- fue de 270.000, de los cuales 125.000 se perdieron en la Unión Europea. El volumen financiero depositado en los paraísos fiscales se estima en torno a los 6 billones de dólares, los fondos ilícitos suponen entre el 2 y el 5% del PIB mundial y el Producto Criminal Bruto (PCB) representa el 15% del comercio mundial. Según el Instituto del Banco Mundial, cada año se paga sólo en Estados Unidos un billón de dólares en sobornos, y en un país vecino como Italia, paradigma de la moderna deriva democrática, la corrupción alcanza los 50.000 millones de euros, exactamente el doble del plan de ajuste impuesto por el gobierno de Silvio Berlusconi.
Para prevenir la expansión del crimen organizado resulta prioritario fortalecer los sistemas de control de la legalidad, en particular los mercados financieros no regulados y los paraísos fiscales o bancarios, sumamente favorables a los intereses económicos de las organizaciones criminales. Pero no cabe ilusiones: nuestro actual sistema económico –y con mayor énfasis el mercado financiero- no es proclive al refuerzo de esos sistemas de control, que perciben como obstáculos a su actividad.
En plena crisis planetaria, la sumisión de los gobiernos al poder financiero parece incluir su tolerancia a la economía criminal y a la criminalidad económica.
Visto lo visto, parece del todo coherente, dramáticamente lógica, la pregunta que se formulaba tiempo atrás un diputado búlgaro: ¿Por qué un joven debiera ir a la universidad si con un buen bate al servicio de alguien puede hacer un montón de dinero, comprar coches y mujeres?

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