Tras editar durante 30 años MFFC adecuándonos a la realidad dentro de las nuevas tecnologías adoptadas por distinto tipo de publicaciones técnicas comenzamos por editar el NEWSLETTER semanal para luego desde hace ya casi 3 años pasarnos a una WEB con todas sus connotaciones.

A lo largo de todo ese tiempo hemos enfocado distinto tipo de cuestiones profesionales tratando de hacerlo con OPINIÓN, como lector aparte de interesarme por los acontecimientos de los sectores componentes de nuestro fondo editorial, siempre he procurado tratar temas que nos afecten directamente y otros aparentemente desligados de la temática como la economía que resultan importantes a largo plazo y nos afectan a todos como ciudadanos.

Ahí están los 150 editoriales como testigo de un pensamiento humanista y alguna vez utópico tratando de despertar conciencias adormiladas con una mirada diferente a la existente por entonces en España; tal vez con los ojos del inmigrante llegado en 1982 con un billete cerrado a 45 días y que regresó a Argentina recién tres años y medio después tras la llegada de mi familia en 1983 y la posterior caída de la dictadura militar.

A principios de este caluroso verano encontré en mi biblioteca un libro que me había regalado un amigo hace tiempo y allí estaba esperándome.

Se trata de: ECONOMÍA HUMANISTA Algo más que cifras, de José Luis Sampedro, de quién había leído “La sonrisa Etrusca” y “El amante lesbiano”, yo desconocía su larga actividad académica universitaria como profesor de Estructura Económica de la Universidad Complutense. El libro es una recopilación de artículos escritos por San Pedro en revistas de Economía nacionales e internacionales a partir de 1947. Reconozco me impactó porque coincido en lo por él escrito en mucho de sus artículos, algunos pese al paso de los años de rigurosa actualidad. Transcribiré partes de su introducción porque contribuirán a entender las razones del artículo de Opinión publicado en el NEWS.

Sesenta años después sigo sorprendiéndome de que yo, todavía en mis comienzos, lograse avizorar algo que hoy se nos muestra con toda su trascendencia. Pues muchos creemos que ya no cabe cerrar los ojos a la evidencia de que mientras en el siglo XV Europa impulsaba a sus gentes a embarcarse en cáscaras de nuez hacia lo desconocido, en nuestro tiempo se repliega sin iniciativas y abdica de su activa presencia anterior en el escenario mundial. Por eso nos parece vivir la decadencia de nuestro sistema occidental, al comparar ese ocaso con la explosión vital de su pasado amanecer. Y, pese al progreso técnico desde entonces, nos parece que la historia está repitiendo la ruina del Imperio romano, cuyo solar europeo pasó a ser ocupado por nuevas fuerzas que conducirían al feudalismo y, tras él, al capitalismo actual.

Por supuesto, me doy cuenta de que mi diagnóstico es contrario a la optimista versión del pensamiento económico dominante en los países más adelantados.

Baste recordar el éxito inmediato que hace pocos años tuvo la tesis fukuyamesca del “fin de la historia”, según la cual el sistema de vida americano representa la cima alcanzable en la evolución humana y no tiene ya sentido plantearse hipótesis de supuestas alternativas. En ese mundo privilegiado y dueño de un poder que condiciona el del resto de la humanidad, se ofrecen (según esa tesis finalista) beneficios tales como la libertad, la igualdad ante la ley, la democracia y el desarrollo económico. Los economistas  justificadores del sistema, y los que ingenuamente acatan sus dictámenes, se reúnen a menudo con los políticos y con los medios informativos en espectaculares conferencias, reiterando las líneas de acción presentes y prometiendo gracias a ellas el progreso que conduzca al final de la pobreza actual en un plazo de pocos años. Como mucho, por toda mejora se organizan nuevas instituciones internacionales encargadas de ejecutar los programas.

Sin embargo, con el apoyo de autores más independientes, mantengo mi opinión sobre la decadencia del sistema. Es verdad que se ofrece una igualdad ante la ley, falsa por completo dada la injusta distribución mundial de los bienes del planeta entre sus habitantes, desigualdad que no se ha corregido en todos los decenios que se viene hablando de suprimir la pobreza. También es cierto que el sistema proclama declaraciones democráticas, pero la realidad nos enfrenta con organizaciones oligárquicas que mantienen su poder gracias al dominio de los medios informativos, con la consiguiente manipulación de la opinión pública, además de justificarse con ideologías elaboradas por los intelectuales a su servicio. En cuanto al desarrollo económico, recibe el injustificado nombre de sostenible, cuando en realidad la triplicación de la población mundial en un siglo, y el deterioro del medio ambiente en este tiempo, conducen a la conclusión de que el proceso no podrá mantenerse mucho tiempo como hasta ahora. Y en cuanto a la libertad, basta asomarse a esos mismos medios informativos para tener que preguntarse inmediatamente quiénes son los verdaderos beneficiarios de la misma. El caso de llevar la libertad a Irak a lomo de bombas y misiles demuestra de sobra a qué intereses conviene semejante barbarie. Si especificamos, en fin, que se trata de libertad económica, como la que atribuye al mercado un autor tan fanático como Milton Friedman, basta la experiencia cotidiana para comprender que el que es libre en el mercado es únicamente el dinero. Sin él no es posible obtener ningún beneficio. Aclaremos que la palabra “libertad” tiene distintos sentidos según el usuario. Cuando el poderoso exige libertad, la quiere para no encontrar ninguna traba que le impida conseguir más beneficios. Cuando el débil pide libertad, es para reducir la explotación a la que está sometido.

Existen, por tanto, dos versiones contrapuestas para interpretar la situación del sistema imperante: la de sus satisfechos apologistas y la de quienes lo vemos descarriarse. No puede extrañar tan honda discrepancia porque, como es sabido, la índole epistemológica de las ciencias sociales no es la misma que las de las exactas y naturales.

También yo pienso en el futuro, no para mí (por mi edad), sino por mis hijos y más aún por mis tres nietos.

Trabajando he recorrido medio mundo, antes montando stands,  pabellones y como publicista, ahora como periodista y muchas veces ya por curiosidad natural.

Todo ello me ha ofrecido un panorama a lo largo de los años sobre el estadio del ser humano en distintas latitudes y ha contribuido a enriquecer mi pensamiento humanista, lejos, muy lejos de rótulos políticos.

Siempre he tratado de documentarme leyéndolo casi todo, sea de la tendencia política que sea; he trabajado en diarios, radio y televisión. Aprendí de los antiguos maestros del periodismo argentino que una noticia es como cuando nuestras madres y abuelas destejían un jersey del hermano mayor para el siguiente cambiando la combinación de colores  tratando que no se notara, la lana era la misma, solo cambiaba la ubicación de los colores…

 

Naturalmente acepto la discrepancia de ideas, es una condición natural y humana, me enriquece el escucharlas  y leerlas.

Con estas líneas, tal vez llegues a conocer un poco más sobre alguien que ejerce el oficio de pensar y suele transcribir su pensamiento sin condicionantes como   periodista técnico en un medio lejano a las doctrinas económicas que, no obstante, nos afectan a todos (pensemos como pensemos) por igual.