FRUIT ATTRACTION 2017

Madrid (18 al 20 octubre)
Sus organizadores: IFEMA y FEPEX,  prevén un crecimiento final de expositores en 2017 del 20% con relación al año anterior, alcanzando la cifra de 1.500 empresas, que se repartirán en los pabellones 5, 6, 7,8, 9 y 10.

 

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Fidel Castro y Salvador Allende en La Moneda. Fotografía Joan Queralt

Por Joan Queralt
Nuestro Columnista Joan Queralt (La ciénaga de Erasmo), es la máxima autoridad española sobre “CRIMEN ORGANIZADO”, pero durante ocho años cubrió la información política de América Latina. Ahora con motivo de la muerte de Fidel Castro, Queralt revive el viaje del líder cubano al Chile de Allende.


Era otra época, y otro mundo.
En América Latina especialmente. El Ché había muerto en Bolivia apenas cuatro años antes y en Argentina los ecos del cordobazo seguían resonando bajo la dictadura de Alejandro Agustín Lanusse. Era la América del líder campesino Hugo Blanco y del gobierno de Velasco Alvarado en Perú, de Raúl Sendic, los Tupamaros y el nacimiento del Frente Amplio de Liber Seregni en Uruguay, del sindicalista Agustín Tosco en Argentina, del gobierno militar de izquierdas presidido por Juan José Torres en Bolivia y sobre todo del triunfo de la Unidad Popular en Chile. Una América convulsa pero esperanzada.

La victoria de Allende en septiembre de 1970 sacudió a la izquierda latinoamericana, abrió la posibilidad de una vía reformista para la transformación del continente y atrajo el interés y la solidaridad de las fuerzas democráticas de todo el mundo. La América de las dictaduras y las masacres, de las Tres A y del Plan Cóndor, resultaba inimaginable. Eran tiempos de ilusión e ingenuidad.

Tras su investidura como Presidente de la República de Chile el 4 de noviembre de 1970, Allende invitó a Castro a visitar el país, viaje que se hizo realidad un año más tarde, entre el 10 de noviembre y el 4 de diciembre de 1971. Santiago, todo el país, llevaba días, semanas, trabajando para este momento. Los muros habían sido pintados o, para ser exacto, repintados; enormes retratos de Castro y Allende presidían los edificios, se habían confeccionado centenares de banderas, se habían rotulado los carteles: “Los ferroviarios te dan la bienvenida”, “Los estudiantes te saludan, compañero Fidel”.
Seguí el viaje de Fidel Castro a lo largo de la alargada y estrecha geografía chilena durante esas tres semanas. En los primeros días formando parte de una comitiva de 600 periodistas provenientes de todo el mundo, al final como integrante de un reducido número de informadores, con mayor acceso al líder cubano. Recorrimos el país de norte a sur: Santiago, Valparaíso, Antofagasta, Concepción, Puerto Montt, Pedro de Valdivia, Chuquicamata, el árido desierto de Atacama. Ciudades, comunidades y pueblos perdidos, universidades, minas, plantas industriales, salitreras. En Santiago, durante un acto oficial, tuve la oportunidad de ver, juntos, a Fidel y a Augusto Pinochet, entonces un alto mando militar, compartiendo copa y brindis por el futuro común de Cuba y Chile. Una imagen inconcebible pocos años después.
Fue en ese viaje cuando comprobé por primera vez la sobrehumana capacidad mental de Fidel y su asombrosa empatía con trabajadores, campesinos y estudiantes. Para los periodistas que le seguíamos resultaba imposible olvidar la dimensión histórica de su figura, su papel en el asalto del cuartel de Moncada y en el posterior triunfo de la Revolución cubana, un acontecimiento que cambiaría el ánimo y la historia de toda América Latina. Castro era el autor de La historia me absolverá, texto ecuménico en la formación política de nuestra generación, el compañero del Ché, el vencedor de Bahía de Cochinos, el líder absoluto de la izquierda no solo latinoamericana sino mundial. Una condición casi sobrenatural que, en la cercanía, nos intimidaba dificultando cualquier aproximación o relación más personal. Por el contrario, sorprendía ver la naturalidad, la espontaneidad y la franqueza con la que los habitantes de las pequeñas comunidades del interior de Chile entraban en contacto con él. Castro llegaba a las aldeas y poblaciones con la lección aprendida.
 

Aprovechaba los trayectos para informarse.
Una maratón de preguntas que muchas veces archivaba en la memoria sin ayuda de papeles ni notas. Cuando llegaba a su destino conocía en detalle las características del lugar, sus recursos, el estado de la escuela, sus formas de producción, el número de sus habitantes, sus dificultades y reivindicaciones. Proponía nuevos métodos, nuevas innovaciones y mejoras, nuevas técnicas agrícolas, nuevas manufacturas, nuevas formas de gestión cooperativa o de comercialización. Tantos ingresos, les decía, suponen tantas vacas. Y tantas vacas suponen tantos litros de leche para tantos niños y obreros. Y eso puede conseguirse aumentando la producción en tan solo unas cuantas toneladas. Los campesinos y los mineros echaban las cuentas. Calculaban. Y se proponían conseguir ese incremento que no era imposible, que incluso podía ser fácil. Y ese aumento significa, volvía Fidel, además de la leche, tantas escuelas por año. Y tantos laboratorios. Y tantos ómnibus para los trabajadores. Y en diez años, solo en diez años, multipliquen esas escuelas, esas vacas, esos “buses”. Treinta y seis millones de dólares más por año, les dijo a los mineros del cobre, significan todo eso.  Sabía lo que había que decirles a los trabajadores. Lo sabía y lo decía. En un lenguaje común, sencillo, sin terminología política que lo complicara. Sin un alarde. Discutía con los dirigentes locales, preguntaba, planteaba alternativas. Cualquier protocolo, cualquier programa quedaba suspendido por ese diálogo directo, casi familiar, sin afectación ni límites de tiempo. Para los periodistas, testigos mudos de los debates, resultaba un espectáculo fascinante. Un asombro que se repetía día tras día, pueblo tras pueblo. Era emocionante ver el cariño, incluso la fisicidad que se establecía entre él y la gente.
 

Escribí entonces:
“Fidel Castro Ruz, cuarenta y cuatro años, Primer Ministro de la República de Cuba. Fidel de verde-olivo. Pantalón, guerrillera y quepis. Y nada en el uniforme que indique su grado de comandante. Fidel, enorme, gigante, gigantesco, incansable. Fidel de un lado a otro, preguntando, andando a grandes zancadas, tomando notas en su cuaderno de apuntes, datos, números que luego aparecerán desarrollados en los discursos. Fidel del brazo de los trabajadores salitreros, de los mineros, de los pescadores, gastando bromas o “tomándose” la barba con el semblante serio. Fidel con prisa por saberlo todo: “¿Qué método de trabajo se sigue?” Y ocurre que Fidel asombra porque parece saber de todo y saberlo bien, en profundidad.  ¿Qué tipo de sindicato tienen los trabajadores?” Prisa por conocer, visitar, escuchar. Y vuelta a preguntar. “¿Cuál es la producción diaria?¿Cuántos trabajadores tiene la planta?” Tres o cuatro horas para dormir y de nuevo al avión, al auto, a la planta de fundición o a la mina. Y los discursos. Los de la mañana y los de la tarde. Fidel y la multitud. O Fidel, la multitud y los micrófonos. Fidel hablando. “Que cosa tan triste y tan dura estar trabajando en su propia patria y no sentir interés por lo que se está produciendo. Que cosa tan triste estar “peleado” con el trabajo, “peleado” con la producción; consecuencia de la contradicción entre la propiedad de esos recursos y los hombres que tienen que llevar a cabo esta producción. Al desaparecer esta contradicción, ustedes se sienten identificados ya con los intereses de la nación chilena, se sienten totalmente identificados con la patria. Saben que cada esfuerzo que se haga no irá a enriquecer a nadie, irá a incrementar la riqueza de todo el país, va a incrementar las posibilidades futuras de ustedes y de los hijos de ustedes. Al desaparecer esa contradicción se crean las condiciones ideales para una marcha ininterrumpida del progreso social”.
Para mi sorpresa, la crónica de ese viaje se publicó íntegra, sin un solo cambio, en el número 301 de la revista Índice, editada y dirigida por Juan Fernández Figueroa. Era enero de 1972 y faltaban todavía cuatro largos años para la muerte de Franco.
Castro no daba discursos. Los vivía con todo el cuerpo. Con su forma de ser y su vitalidad. Agitaba los brazos, afirmaba, negaba, rechazaba, encogía los hombros en un gesto de duda o para ironizar, se mesaba la barba, se acomodaba el quepis, tosía, jugaba con los micrófonos, se reía y hacía reír. Un día, en la Universidad de Chile, en Antofagasta, dirigiéndose a los estudiantes, señaló: “¿Pero qué es educar, qué es educar? Es preparar al hombre desde que empieza a tener conciencia para cumplir sus más elementales deberes sociales, para producir los bienes materiales y los bienes espirituales que la sociedad necesita. Y producirlo por igual, con la misma obligación todos. Una universidad podrá tener laboratorios, centros de investigación, pero una universidad nunca podrá educar a un hombre… (pausa) más que una fábrica. Y bien expresadas las cosas: la educación debe ser la combinación del centro de trabajo y del centro de estudio. Combinar las fábricas con las universidades y las universidades con las fábricas, hacer que todos los obreros se vuelvan estudiantes y hacer que todos los estudiantes se vuelvan obreros”.
Regresé a Buenos Aires exhausto del viaje, al extremo de que tuve que guardar cama por espacio de una semana. Competir con la energía de Fidel era imposible, como lo era seguir su ritmo de trabajo y sus desplazamientos. En ocasiones, cuando al anochecer terminaban los traslados en avión, autobuses y camionetas por todo el territorio chileno, los actos oficiales y los discursos, Castro, intacto, desafiaba a los agotados periodistas a un partido de baloncesto. Una tortura. Nadie podía competir con el caballo, como se le conocía en Cuba.
He citado la sobrehumana capacidad mental de Fidel. No era lo mismo leerlo que vivirlo. La atisbé por primera vez en el discurso que dio en Concepción y mi asombro aumentó años después en La Habana, coincidiendo con el Encuentro sobre la Deuda Externa de América Latina y el Caribe, que tuvo lugar en agosto de 1985. Seguí en directo el discurso de clausura de Castro en una de las sedes del Partido Comunista de Cuba, encontrada por azar durante un paseo por el centro de la capital cubana. Fue un parlamento largo, de varias horas, típico de sus antiguos discursos tras el triunfo de la Revolución. En su primera hora de discurso, improvisado, sin un solo papel, Castro abrió un sinfín de cuestiones históricas, políticas, ideológicas relativas a la historia y a la situación de América Latina. Cumplida la segunda hora, tuve la sensación de que el líder cubano se había perdido en el vasto bosque de sus reflexiones. Pensé que el tiempo no había pasado en balde, mermando sus capacidades y su oratoria. Me equivocaba: para mi admiración, en la parte final de su parlamento Castro comenzó a cerrar puntualmente todos y cada uno de los puntos abiertos horas antes hasta completar el círculo de su larguísima argumentación. Una invisible y portentosa arquitectura mental soportada por una no menos brillante capacidad oratoria. Jamás sentí tanta envidia, jamás me sentí tan insignificante.
Otros años, otra época, otros líderes. Hoy, por fortuna, ante la elocuencia de nuestros dirigentes me siento un coloso.

Extraños compañeros de viaje
La historia de ese viaje incluiría un capítulo especial. La llegada de Castro y el séquito de centenares de periodistas internacionales que iban a cubrir el evento colapsaron la entonces reducida capacidad hotelera de Santiago. No había habitaciones libres en la capital ni en su entorno. Juan Ibañez, el secretario de Prensa de Allende, se comprometió a solucionar el problema del alojamiento en esa primera noche. A la espera de que un automóvil de la Secretaria de Prensa pasara a recogerme para trasladarme al hotel o pensión que pudiera alojarme, pasé las horas en un bar cercano, junto a un nutrido grupo de periodistas extranjeros, víctimas de la misma circunstancia. Me tocó compartir mesa con un grupo de colombianos, con los que pronto comenzamos a conversar. Eran, me dijeron, estudiantes, alguno de ellos residente en Buenos Aires, partidarios entusiastas de Castro y de la revolución cubana, razón por la que habían decidido viajar a Chile para vivir tan histórico encuentro. Pasaron las horas y finalmente pasaron a rescatarnos para conducirnos al hotel. La casualidad hizo que esa noche compartiera coche, hotel y cena con los colombianos. A la mañana siguiente, para mi sorpresa, volví a encontrarlos sentados en el autobús fletado por la oficina de prensa para llevarnos al primer acto público de Castro. Durante el trayecto me presentaron a un nuevo miembro del grupo, recién llegado. Un colombiano joven, rubio, de treinta y pocos años, severo y con evidentes dotes de mando, que pronto se revelaría como el dirigente de la cuadrilla. En los días siguientes, seguí en su compañía, compartiendo desplazamientos, comidas, hoteles, horas muertas y salidas nocturnas, siempre tras el rastro de Fidel. En varias ocasiones, ante lo que parecía una reunión impropia de estudiantes, me pidieron que los dejara solos. En Concepción, si la memoria no me falla, mis sospechas sobre la identidad del grupo se acrecentaron. De las conversaciones mantenidas entre ellos hasta entonces surgían detalles alarmantes. El relato de los viajes y episodios del rubio colombiano coincidían  extrañamente con graves episodios ocurridos en la reciente historia latinoamericana: Haití, República Dominicana, ahora Chile. Que un grupo de estudiantes traspasara los límites de seguridad en los actos de Castro y se insertara en la zona reservada a la prensa, sin acreditación y con su cámara de cine siempre en mano, no mejoraba la situación. En Concepción, el escenario se complicó. Los colombianos, situados bajo la tribuna en la que iba a hablar Fidel, volvían a estar presentes. Llevado por el recelo, trasladé mis sospechas al equipo de seguridad de Castro. Nunca supe qué ocurrió después pero no volví a verlos durante el resto del recorrido del líder cubano por tierras de Chile. Solo meses más tarde volví a coincidir con uno de ellos, supuesto estudiante en el Centro Nuclear de Buenos Aires, saliendo de un cine en el que se proyectaba La batalla de Argel, de Gillo Pontecorvo.
Años después, leyendo un libro sobre los numerosos atentados fallidos contra Fidel Castro organizados por la CIA encontré el relato del plan que la agencia norteamericana urdió con motivo del viaje de Castro a Chile. Sus protagonistas eran colombianos y el arma prevista para acabar con Fidel una cámara de cine amateur modificada. ¿Serían mis extraños compañeros de viaje? Nunca lo sabré con certeza.