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En la Feria del Libro de Madrid, Arturo Pérez Reverte vuelve a firmar tras 13 años de ausencia
Publicado el 22. jul, 2010 en Ferias
El pasado domingo 6 de junio, en doble turno y en una carpa especial de color blanco (para evitar favoritismos y protestas según editorial Aguafara) Arturo Pérez Reverte retornó al ritual de la firma de ejemplares, al que juró no volver por aquello de: “Dejé de venir porque se planteaba como un concurso de autores. El día que vi a un tipo de una televisión con un metro tratando de medir la cola, decidí que no volvía más. Regresé porque ya no es una competición. Lo hago también porque el libro necesita apoyo y estar aquí es una manera de apoyar al sector.” Acotó el popular escritor y periodista que mantiene uno de los más claros, cómplices e inteligentes encuentros semanales con sus lectores desde su página 8: Patente de Corso en el XLSemanal del ABC.
Sencillamente porque hay muy pocas páginas como Patente de corso que opinen sobre temas variados con tanto desenfado y libertad de opinión. Eso el ciudadano-lector lo aprecia, es como una bocanada de aire fresco dentro del un ¿periodismo? tan parcializado que, el lector algunas veces, llega a pensar si éstos señores están en la nómina de un medio o de un partido político. En algunos casos hasta dan esa sensación.
Pérez Reverte, comentó durante una entrevista que “disfruta desde hace 16 años escribiendo esa página, que sufre una transformación en su yo interior y se siente a sus anchas en un tono que hasta parece chulesco con tacos incluidos y muy lejos de su prosa literaria”
Esa gentuza
Es el título publicado el 5 de julio de 2009 y que ha cobrado inusitada notoriedad al circular muy activamente por Internet. Transcribimos una parte de ella para todos aquellos que no tuvieron oportunidad de leerla en su día, ni la hayan recibido en sus correos.
Paso a menudo por la carrera de San Jerónimo, caminando por la acera opuesta a las Cortes, y a veces coincido con la salida de los diputados del Congreso. Hay coches oficiales con sus conductores y escoltas, periodistas dando los últimos canutazos junto a la verja, y un tropel de individuos de ambos sexos, encorbatados ellos y peripuestas ellas, saliendo del recito con los aires que pueden ustedes imaginar. No identifico a casi ninguno, y apenas veo los telediarios; pero al pájaro se le conoce por la cagada.
Van pavoneándose graves, importantes, seguros de su papel en los destinos de España, camino del coche o del restaurante donde seguirán trazando líneas maestras de la política nacional y periférica. No pocos salen arrogantes y sobrados como estrellas de la tele, con trajes a medida, zapatos caros y maneras afectadas de nuevos ricos.
Oportunistas advenedizos que cada mañana se miran al espejo para comprobar que están despiertos y celebrar su buena suerte.
Diputados, nada menos. Sin tener, algunos, el bachillerato. Ni haber trabajado en su vida. Desconociendo lo que es madrugar para fichar a las nueve de la mañana, o buscar curro fuera de la protección del partido político al que se afiliuaron sabiamente desde jovencitos. Sin miedo a la cola del paro. Sin escrúpulos y sion vergüenza.
Y en cada ocasión, cuando me cruzo con ese desfile insultante, con ese espectáculo de prepotencia absurda, experimento un intenso desagrado; un malestar íntima, hecho de indignación y desprecio. No es un acto reflexivo, como digo. Solo visceral.
Desprovisto de razón. Un estallido de cólera interior. Las ganas de acercarme a cualquiera de ellos y ciscarme en su puta madre.
Sé que esto es excesivo. Que siempre hay justos en Sodoma. Gente honrada.
Políticos decentes cuya existencia es necesaria. No digo que no. Pero hablo hoy de sentimientos, no de razones. De Impulsos.
Yo no elijo como me siento. Como me salta el automático. Algo debe de ocurrir, sin embargo, cuando un ciudadano de 57 años y en uso correcto de sus facultades mentales, con la vida resuelta, cultura adecuada, inteligencia media y conocimiento amplio y razonable del mundo, se le sube la pólvora al campanario mientras asiste al desfile de los diputados españoles saliendo de las Cortes. Cuando la náusea y la cólera son tan intensas. Eso me preocupa, por supuesto. Sigo caminado carrera de San Jerónimo abajo, y me pregunto qué está pasando. Hasta que punto los años, la vida que llevé en otro tiempo, los libros que he leído, el panorama actual, me hacen ver las cosas de modo tan siniestro. Tan agresivo y pesimista. Por qué creo ver sólo gentuza cuando los miro, pese a saber que entre ellos hay gente perfectamente honorable. Por qué, de admirar y respetar a quienes ocuparon esos mismos escaños hace veinte o treinta años, he pasado a despreciar de este modo a sus mediocres reyezuelos sucesores. Por qué unas cuantas docenas de analfabetos irresponsables y pagados de si mismos, sin distinción de partido o ideología, pueden amargarme en un instante, de ese modo, la tarde, el día, el país y la vida.
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La feria
Repitió esquemas en su 69 edición la Feria del Libro de Madrid, su mejor característica (aparte de los tradicionales chaparrones), es el acercamiento del público a los escritores y éstos conociendo e intercambiando breves diálogos, entre firma y firma de ejemplares, con sus lectores.
El domingo por la tarde cuando la visitamos era extremadamente caluroso el ambiente, los visitantes se refugiaban en las zonas de sombra, entre otros, los que formaban una larga cola esperando desde muy temprano a Javier Pérez Reverte.
Las formas de las formas y Un planeta frágil
Fueron los temas elegidos para una interesante exposición fotográfica montada sobre paneles en forma de sierra sobre un largo lateral de la feria.
Todo cambió, en el imaginario de la humanidad, cuando el planeta pudo ser contemplado desde el cosmos. Lo que era grande y fuerte se nos convirtió, con una sola ojeada, en pequeño y frágil. La conciencia de protección a la vida de la tierra le debe mucho a este momento histórico.
Las capacidades técnicas de los satélites incluyen instrumentos que no solo aportan una imagen como muchas de las que componían la exposición, sino que también analizan otros parámetros. Nada se esconde a tan excelente ojo.
Buena parte de la información que nos alcanza es un lamentable diagnóstico del empobrecimiento y mala salud del derredor. Ciertamente la vida retrocede en casi todos los escenarios terrestres. Algunos de los mejores diagnósticos de tal enfermedad global nos llegan con la irrefutable evidencia de lo que puede ser comparado con situaciones precedentes igualmente fotografiadas desde el espacio.
Una exposición-denuncia con maravillosas fotografías aéreas.
















